Danza, indefinidamente

 

La danza, desde una concepción rizomática, se tiñe de ánimo y complejidad. Ánimo porque supone otro paradigma vertiginosamente posible; complejidad porque supone el encanto de cierto desciframiento de un código enigmático. La dificultad de esta cosmovisión no está en comprender, sino en el poder abandonar toda certidumbre, todo soporte absoluto, de una base firme y cierta; como el abandono definitivo de la fe en una realidad trascendente. Nos recuerda -junto a Foucault y Derrida- que no hay ontología, que no hay nada que preceda al ser (siendo), que no hay nada más allá del acontecimiento que determine sus posibilidades y condiciones de existencia, que cada manifestación es su propio soporte y que las relaciones que establece con lo previo y lo coexistente no se sujetan necesariamente a leyes de integración determinadas. Para un pensamiento científico o regulado por marcos teóricos y prácticos duros, esto se torna inquietante ya que ellos buscan ciertas regularidades que suponen la existencia de una racionalidad en el mundo y de relaciones necesarias entre los fenómenos que los hacen posible y que les dan forma.

 

Leer a Deleuze y Guattari no supone la asignación de que cada significante tenga un significado correcto, no es descubrir la verdad que proponen, se trata de acogerlo en el seno de las propias configuraciones conceptuales para esperar los brotes improbables y los no tan improbables también. Ellos ofrecen una imagen del ‘universo’ que provoca terror en el pensamiento que se constituye en contra del caos, porque abre la posibilidad a una experiencia de libertad que no es posible dentro de la pura racionalidad.

 

Las figuras que los autores utilizan -las cuales se pueden re-flexionar a las maneras de componer en danza- para hablar esta diferencia, esta subversión del orden metafísico universal, son:

 

- la del árbol,

- la de las raicillas fasciculadas

- y la del rizoma

 

- El árbol es la figura de la lógica binaria (la dialéctica -‘el moderno sí y no’ que critica Nietzsche-, la oposición estructural).

 

- La raíz fasciculada, la de la lógica pivote, que aunque no procede por bifurcación estrictamente dual sino múltiple, también restituye la Unidad en el tronco. En la estructura arborescente hay una jerarquía en la bifurcación, el tronco es el núcleo, el centro de poder que determina al resto de sus ramificaciones. Éstas son la multiplicación, la copia, de la Unidad, de la estructura arborescente:

 

“Siempre que una multiplicidad está incluida en una estructura, su crecimiento queda compensado por una reducción de las leyes de la combinación.” [2]

 

- El rizoma en cambio es verdaderamente múltiple, no restituye la Unidad. No tiene un tronco principal desde el cual emanen los tallos, cada una de sus ramas es la principal… no hay jerarquía en las ramificaciones, cada tallo puede conectarse con cualquier otro, cada conexión puede ser determinante para el resto. La multiplicidad (paradójicamente) substantivada. El rizoma no puede ser copiado, no puede ser reproducido porque no es estructural. Son una serie de acontecimientos, de agenciamientos. Es siendo a cada momento, no siendo por la estructura. Rizoma son una serie de conexiones y proyecciones que no constituyen verdaderamente un sistema, no tiene una configuración lógica (principio de integración), no está compuesto por una serie de posiciones estructurales, sino por líneas que se proyectan hacia el afuera.

 

¿Pero de qué exterior se trata?

 

Deleuze y Guattari aclaran que este dualismo sólo es estilístico; una limitación de nuestro lenguaje (lo rizomático no se sujeta a las ataduras del significante ni del concepto. Aquí las palabras pierden su significado y comienzan a estallar y, paradójicamente, a proliferar en sentido y poder desde el momento en que no se ligan a un contenido determinado pero se proyectan fuera de sus límites con la fuerza de la necesidad):

 

“Si recurrimos a un dualismo de modelos es para llegar a un proceso que recusaría cualquier modelo.” [3]

 

Rizoma y estructura arborescente (y fasciculada) no son entidades ni fenómenos opuestos, pero su contraste es políticamente fructífero. No son entidades opuestas e incompatibles, sino expresiones posibles de un universo desencajado en el cual la conexión, la relación entre los fenómenos, es lo fundamental, pero la forma que adopten estas conexiones no es por necesidad de tipo estructural. No hay determinación ontológica, sólo al interior de cristalizaciones de tipo arborescente hay determinaciones, pero incluso éstas, circunscritas, están sujetas al flujo indeterminado de lo rizomático:

 

“En los rizomas hay nudos de arborescencia, y en las raíces brotes rizomáticos.” [4]

 

Este universo rizomático no se rige por leyes de causa- efecto ni por leyes estructurales, sino por un triple movimiento de territorialización, desterritorialización y reterritorialización (no necesariamente en ese orden), que constituyen determinado “plan de consistencia”:

 

“Se produce una ruptura, se traza una línea de fuga, pero siempre existe el riesgo de que reaparezcan en ella organizaciones que reestratifican el conjunto, formaciones que devuelven el poder a un significante, atribuciones que reconstituyen un sujeto: todo lo que se quiera, desde resurgimientos edípicos hasta concreciones fascistas. Los grupos y los individuos contienen microfascismos que siempre están dispuestos a cristalizar. Por supuesto, la grama también puede ser un rizoma. Lo bueno y lo malo sólo pueden ser el producto de una selección activa y temporal, a recomenzar.” 5]

 

No se trata de entrar o salir de la estructura (la exterioridad del rizoma es tan radical como su multiplicidad), se trata de que no hay una dimensión suplementaria que soporte al rizoma; rizoma es exterioridad así como estructura es la negación autoritaria de la misma. Un rizoma no significa ni subjetiviza (la exterioridad y la multiplicidad excluyen esta posibilidad), sólo una estructura puede implantar un orden y una forma sujeto. Por el contrario, el rizoma opera en la exterioridad conectando dimensiones diferentes de maneras imprevistas, por medio del agenciamiento, como en el caso de la orquídea y la avispa (desterritorialización y territorialización a la vez) donde:

 

“no hay imitación ni semejanza, sino surgimiento, a partir de dos series heterogéneas, de una línea de fuga compuesta de un rizoma común que ya no puede ser atribuido ni sometido a significante alguno.” [6]

 

Lo mismo ocurre con el libro -dicen los autores-. Éste no es una imagen del mundo sino que hace rizoma con él, desterritorializándolo:

 

“pero el mundo efectúa una reterritorialización del libro, que a su vez se desterritorializa en sí mismo en el mundo, (si puede y es capaz).” [7]

 

El esquizoanálisis consiste en operar esta desterritorialización constantemente, en un agenciamiento que es político antes que teórico -no podría tratarse de una teoría-. El esquizoanálisis no podría ser una sistemática, no podría ser una teoría general sobre el mundo; será entonces una pragmática, una utilización de teorías, de puntos de vista -tomando todas las precauciones-, para posibilitar agenciamientos, para hacer visible rizomáticamente un plan de consistencia dado operando su desterritorialización toda vez que una estructura arborescente se manifiesta en operación.

 

Los sistemas arborescentes son autoritarios (totalitarios, fascistas), imponen un orden, un sentido, una determinada forma de subjetivación. El esquizoanálisis opera rizomáticamente, liberando a partir de las líneas de fuga hacia lo exterior:

 

“Tanto para los enunciados como para los deseos, lo fundamental no es reducir el inconsciente, ni interpretarlo o hacerlo significar según un árbol. Lo fundamental es producir inconsciente, y, con él, nuevos enunciados, otros deseos: el rizoma es precisamente esa producción de inconsciente.” [8]

 

El esquizoanálisis se opone al psicoanálisis en cuanto este último impone ciertos significados (vergüenza, represión, proyección, etc.), cierta estructura (Edipo) a un inconsciente que puede estar haciendo rizoma, una fuga de esa forma de subjetivación. El esquizoanálisis, como la arqueología de Foucault, la deconstrucción de Derrida o la genealogía de Nietzsche, no constituye una teoría sistemática sino que es una consciencia vigilante, una pragmática, una acción subversiva, política. Su objeto privilegiado es lo estructural, pero la conciencia crítica de lo estructural no es su reverso. No habría una restitución de lo estructural por medio de la experiencia del orden -al decir de Foucault- porque no existe ni anverso ni reverso que constituyan un universo. El universo rizomático es la negación de esta Unidad trascendental, la negación de la metafísica y de la ontología. Pero en la medida en que el esquizoanálisis se materializa en un libro, este libro que desterritorializa al mundo puede ser reterritorializado por él.

 

¿Cómo hacer del esquizoanálisis un rizoma, cómo evitar su recuperación por parte de la estructura, su institucionalización, su uso arquetípico, metafísico? ¿Cómo evitar la ontologización del rizoma?

 

La historia del dadaísmo nos provee un ejemplo de esta reterritorialización del rizoma. Tristán Tzara define el dadaísmo rizomáticamente:

 

“yo escribo este manifiesto para mostrar que pueden ejecutarse juntas las acciones opuestas, en una sola y fresca respiración; yo estoy en contra de la acción; a favor de la continua contradicción, y también de la afirmación, no estoy ni a favor ni en contra y no lo explico porque odio el sentido común.” [9]

 

La misma definición de lo no estructural es rizomático, el hecho de hacer un manifiesto de la crítica, de aceptar la contradicción y de negarla. Pero la subversión de la lógica, del sí y del no, del orden estructural, se expresa mejor en la historia de Hugo Ball tal como la relata el antropólogo Michael Taussig. En su poema-sonido Karawane, Ball buscaba desarticular el lenguaje, alejarse de toda estructura, de toda determinación previa y realizar un acontecimiento puro, crítico, donde arte y vida fueran una experiencia concreta, libre. Y planificó una puesta en escena vestido de la manera más estrafalaria, con un cono en su cabeza: una especie de obispo. Sucedió que durante la declamación de su obra, sin premeditarlo ni siquiera desearlo, comenzó a entonar las palabras (asignificativas) como si se tratara de una misa en latín o de canto gregoriano. Luego de esto, Hugo Ball se distanció del movimiento y no volvió a participar en las veladas que se celebraban en el Cabaret Voltaire. A diferencia de muchos otros críticos, para Michael Taussig esto marca el fin del dadaísmo, en la medida en que encuentra su límite:

 

“Es difícil resistir una mistificación especial del obispo mágico de Ball, en parte porque se ha convertido en una leyenda del dadá, y en parte porque es tan fácil interpretar el drama, en esa representación más real que la vida, del héroe luchando por trascender el desordenado orden de su época, llevando el desorden a su límite en un nuevo estilo de arte dramático, sólo para quebrarse bajo la presión y, a merced de fuerzas más allá de su control, encontrarse atrapado en el orden rítmico de la iglesia. Al intentar destruir el mundo fue traído de vuelta al mundo. Lo que comenzó como arte y antiarte se convirtió en un arte sagrado descarrilado.” [10]

 

El dadaísmo fue reterritorializado, en un rizoma surgió un nódulo arborescente, pero posteriormente fue también reterritorializado por el mercado como icono de vanguardia y modernismo. Hugo Ball abandona el dadaísmo, porque como agenciamiento perdía la capacidad de desterritorializar, y siguió buscando por medio del periodismo la manera de desterritorializar el mundo. Ball abandona el dadaísmo justamente como un acto de subversión política, porque una expresión rizomática debe estar en perpetua mutación, en permanente abandono de ‘sí mismo’; no puede ser sistemática, pero tiene que ser persistente en su vigilancia y en su búsqueda de deseo y libertad.

 

[1] DELEUZE, G. y Félix Guattari ‘Introducción: Rizoma’ en: DELEUZE, G. y Félix GuattariMil mesetas. Ed. Pre-textos, Valencia, España, 1997 [Francia, 1980].

[2] Ibíd., pág. 12

[3] Ibíd. Pág. 25

[4] Ibíd. Pág. 25

[5] Ibíd. Pág. 15

[6] Ibíd. Pág. 16

[7] Ibíd.

[8] Ibíd. Pág. 23

[9] TZARA, Tristan Siete Manifiestos Dadá Tusquets editores, Barcelona, 1999 [Alemania, 1916]. Pág. 12

[10] TAUSSIG, Michael ‘La Nostalgia y el Dadá’ en: TAUSSIG, Michael Un Gigante en Convulsiones. El mundo humano como sistema nervioso en emergencia permanente. Ed. Gedisa, Barcelona, 1995 [EEUU, 1992] Pp. 202-203

 

* Fotografía Vasily Konstantin | Soporte de texto Guillermo Brinck

 

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