El cuerpo miente

“Vivir no es necesario;

lo necesario;

es crear”

Fernando Pessoa

  

He aquí un breve relato sobre una sola fotografía, y algunas de sus invisibilidades incipientes. El moverse y contar con imágenes -como acontece a menudo en la danza-, reposa en el otro lado del arte de la palabra. 

 

"La palabra es el único pájaro que puede ser igual a su ausencia." (1)

 

Rumbo periférico hacia tres espejos móviles: "no sólo las palabras mienten, falsean, sino las imágenes y el cuerpo también...", Antonin Artaud creía que el cuerpo es la morada de un vacío que la palabra intenta colmar; sabía, como hombre de teatro que, en este sentido, el cuerpo miente. Alejandra Pizarnik, sobre los escritos de Artaud, pensaba que ellos "atestiguan esa prodigiosa sed de liberar y de que se vuelva cuerpo vivo aquello que permanece prisionero en las palabras”. Las palabras que usamos para comunicar aprisionan el secreto del sentido y la posibilidad de propagar la fuerza de una figuración infinita. Si el cuerpo se detuviera en la verdad que las palabras tuercen, estaríamos destinados a ser sólo organismos. ¿Cómo liberar al cuerpo del pensamiento sobre su verdad?


He aquí un relato -y una ubicación del lente de la cámara, y una decisión que se dispone y antecede a un click- de un domingo de otoño por la tarde. Palabras titubeantes, imágenes falseadas y un cuerpo testigo que ha mentido para su salvación. He aquí una danza.

 

***


El contexto se percibía como una corazonada latente. La gente opuestamente movediza frente a la parálisis de la muerte, colapso de lo incierto, lo cotidianamente desconocido, la búsqueda de otras vías de acercamiento y llegada, un camino violento y borrado de repente, el imaginario creando otros, caminar y voltear la mirada hacia atrás y vislumbrar una ruta extraña marcada a paso propio. Tres al unísono, destellado en dos miradas y otros ojos garrapiñas. La pregunta infinita sobre aquellas provocaciones mínimas pero potentemente colectivas que inciden en mundos minúsculos... en tantas historias no contadas pero sí vistas, como la de una bolsa de papas y frutos giradores, movientes y desaparecidos en la rodada del cine cotidiano, que pasa entre ventanilla y ventanilla acompasada por la sonoridad maquinal de la rutina del ida y vuelta a la estación de Once. Un aguilucho tan pero tan grande como un águila posado magistralmente en una mujer, detenido en un tiempo demasiado humano. La gracia de la vida y del mundo para quienes estaban allí, para la gente del cotidiano que quizás no sabe volar aviones ni árboles pero sí volar la mirada al cielo  ¡Porque al cielo todos lo pueden volar! Surgen así esos desencadenantes que van arrollando simultáneamente devenires y los envuelve hasta una pausa, falsos testigos de aquello que jamás se podrá capturar, pero que creará con esa falsedad, algo nuevo sobre lo incierto e inaprensible, en algo más que un testimonio... en una fotografía.

 

“... lo poético no es algo que está afuera, en el poema,

ni adentro, en nosotros,

sino algo que hacemos y que nos hace”

Octavio Paz.

 

(1) Fragmento de "Detener la palabra..." de Roberto Juarroz.

Fotografía Colette Sain Yves | De Hortense Lagrange, colaboradora de "Danzar  Mundos- Opúsculo sobre arte, cuerpo y poéticas cotidianas" N°2 "Danza y cine".

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