MURIÓ EL ÚLTIMO CO-CREADOR DEL BUTOH

YOSHITO OHONO, EL RESUMEN DEL SILENCIO

Por Luis Eduardo Martínez (*)

8 de marzo de 2020

La palabra es el resumen del silencio/del silencio, que es resumen de todo.

No encuentro nada más justo que estos versos de Roberto Juarroz para despedir a Yoshito Ohno, quien falleció el pasado 8 de enero en la ciudad Japonesa de Yokohama, a los 81 años.

Con su partida, cerró un ciclo, que había iniciado con apenas veinte años, cuando junto a Kazuo Ohno, su padre, y a Tatsumi HIjikata provocaron un pliegue irreversible en la cultura contemporánea japonesa con la obra “Kinjiki” (Colores prohibidos, 1959), basada en la novela homónima de Yukio Mishima.

Con esta performance revulsiva por entonces, incómoda aún hoy, nació el ankoku butō, o simplemente butoh, movimiento sustentado en la danza que modificó radicalmente  el modo en que el cuerpo se presentaba en escena.

Cuando digo que el butoh marcó un pliegue me refiero a una torsión brusca, tensa, pero que no llegó a provocar un quiebre, ya que durante su periodo pionero si bien se nutrió del expresionismo, el teatro de Meyerhold o Artaud y las vanguardias modernistas, nunca dejó de abrevar en los sustratos más profundos de las tradiciones populares japonesas, especialmente de la ruralidad, pero que definitivamente irritó y puso en crisis el ya congestionado tejido cultural de un país diezmado, en plena colonización de post guerra.

Volviendo a Juarroz, de los tres intérpretes, Yoshito fue quien desde su silencio lo resumió todo. Eclipsado entre el fuego cegador de Hijikata, puro desborde de pulsión creadora, y el místico resplandor de su padre, Yoshito encontró su lugar y se apagó para que el butoh fuera posible más allá de ambos referentes, articulando el equilibrio inestable entre la fiebre y la elevación. 

 

Cuando en el año 1969, intentó un gesto inverso y presentó su primer trabajo solista en Tokio, salió profundamente lastimado y con una sensación de fracaso. No volvería a pisar un escenario hasta 1985, cuando a instancias de su padre y con el acompañamiento coreográfico de Hijikata presentó “El mar muerto”.

Hay un pasaje exquisito en esta obra que define íntegramente el gran aporte de Yoshito al butoh. Mientras Kazuo, ataviado con un hermoso vestido y un moño que pende a un costado de su cabeza despliega toda su enigmática y delicada expresividad, Yoshito ingresa en escena en total rectitud, inexpresivo, administrando un riguroso e imperceptible cambio de movimientos. En ningún momento cruzan miradas ni se tocan. Kazuo comienza a rodearlo y Yoshito mengua al máximo para dotar la expresividad de su padre de un dramatismo conmovedor.

Yoshito conoció a su padre cuando tenía 9 años. Su madre, Chie Nakagawa, estaba embarazada, cuando Kazuo, profesor rural de educación física, fue reclutado para ir a la Guerra del Pacífico, antesala de la Segunda Guerra Mundial. Fueron nueve años de tormentos que lo marcaron para siempre, de los cuáles los últimos dos los pasó como prisionero. Cuenta el propio Yoshito, que una mañana vio entrar en su casa a ese desconocido que era su padre y que Chie los dejó solos para encerrarse a llorar en el baño.

De alguna manera, a través de la danza, Yoshito buscó saldar esa brecha entre ambos, transformándose a sí mismo en puente. Desde 1986, dirigió todos los espectáculos de Kazuo y cuando su padre fue llegando a los noventa años y su cuerpo se vio resentido por la edad y por las secuelas de la guerra, hizo carne la metáfora tantas veces danzada. Primero, sosteniendo las espaldas de Kazuo cuando le flaqueban las piernas; luego, deslizando en escena la silla de ruedas en la que su padre siguió danzando con las manos. Los últimos diez años Kazuo Ohno vivió postrado, y al pie de su cama, Yoshito también anciano, lo acompañó y cuidó.

Luego de su muerte, Yoshito bailó en varias oportunidades coreografías de Kazuo y de Hijikata. Y la metáfora del sostén, de la presencia despojada, del junco atravesado por el viento, sufrió una nueva metamorfosis cuando Yoshito comenzó a danzar con un títere de guante que representaba a su padre, replicando magistralmente sus trabajos solistas más emblemáticos a través de pequeñísimos y gráciles gestos memorizados a la perfección a lo largo de décadas de trabajo compartido.

En el año 2004 tomé mi primera clase de butoh en El Camarín de las musas, en el taller que por entonces coordinaba la maestra Quio Binetti. El primer registro del impacto transformador que el butoh provocó en mi cuerpo no fue por los dolores del riguroso entrenamiento ni por las técnicas para enriquecer o disociar el acervo expresivo, sino  por la conmovedora percepción de su negativo, es decir por la conciencia de sus espacios vacíos. El aire entre los dedos, la sensibilidad de la nuca, la distancia entre los pasos o el abismo entre la mirada y el horizonte, el cuenco de la boca abierta.

Creo que Yoshito, con su silencio danzado, fue capaz de echar raíces en ese vacío, de fecundarlo, dotando de sentido vivencial todos los aspectos caóticos e indefinibles del butoh con el sostén de su propia intemperie, como cobijo de su propia orfandad.

Quizás por eso resulte imposible pensar la ausencia de quien ya la conquistó en vida.    

                                                                     

(*) Intérprete, gestor cultural, comunicador. Fue parte de la compañía de butoh Siquiera, dirigida por Quio Binetti. Junto a Nube Alix co-creó y produjo varias performances colaborativas. 

colaborador en Danzar Mundos * Opúsculo N°3 "Danza y revolución", edición impresa, cuya nota se titula "Lo Poético, Lo Vital, El Estallido" (2015)

(**) Fotografía ©Werner Geiger. En abril de 2015, Yoshito Ohno lo invitó para acompañar con su cámara uno de sus seminarios de butoh. Para el autor fue una experiencia inolvidable.

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